Lola es rosa y blanco

Seguramente Lola, como cariñosamente le apodamos, hubiera sido un almendrón* más circulando por La Habana sino la hubiésemos encontrado a tiempo. Tal vez, incluso, se hubiera convertido en chatarra, sino hubiésemos visto “algo más”  que un carro viejo desahuciado, aquella tarde del año 2011 cuando por primera vez lo vimos en el patio de sus antiguos dueños.

Recuerdo que por aquel entonces el motor no funcionaba, los asientos estaban rotos y tanto mecánicamente como la carrocería estaban en mal estado, nadie pensaba que pudiera cambiar tanto en el transcurso un año. Confieso que al principio dudamos de la compra. Llevaba más de 10 años tirado en el garaje de una casa de campo, sin que nadie le “pasara la mano” ni intentaran arrancarlo. Los dueños de aquel entonces habían perdido el interés, no se creían capaces de repararlo, ni albergaban la remota esperanza de que algún día, nuevamente, echara a andar.

 Nos arriesgamos, comprar un carro era parte de nuestro proyecto de vida y no teníamos mucho dinero. Simplemente éramos un matrimonio que no tenía en qué “moverse”, como decimos en buen cubano, y con ganas de prosperar. Finalmente decidimos quedarnos con el auto, con la intención de poco a poco, nosotros mismos, restaurarlo. Trabajamos duro durante todo ese año de reparación capital, horas de dedicación y empeño, hasta que finalmente logramos  darle otros tiempo más de vida a aquella reliquia de auto Chevrolet de los 50, que hoy atrae miradas y gestos de admiración.

Lola, para nosotros, ya no es un carro cualquiera, logró convertirse en un miembro querido de nuestra la familia.

*Forma en que se conoce popularmente a los autos americanos que han sido habilitados como taxis para el transporte público.

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